Asomos de romances inesperados

Mi esposo y yo nunca pensamos que terminaríamos el uno con el otro como compañeros de vida. Teníamos en común que los dos estábamos haciendo segundos bachilleratos en música en el Conservatorio. Fue allí donde nos conocíamos, pero en todo lo demás, parecíamos ser totales opuestos. A pesar de mi estatura sobre promedio, yo era algo delicado, ya que bailaba ballet y era estudiante de voz. Javier era bastante torpe y algo áspero para ser un pianista clásico. Nuestras ideas políticas estaban lejos de ser similares, al igual que nuestro gusto en la comida. A mí me gustaba lo dulce ya él lo salado. A él no le importaba como se veía, ni era muy atento a los detalles. Aun así, tenía un lado suave que no muchos notaban. Yo lo pude ver de la manera en que tocaba el piano, especialmente en el día en que nos conocimos.
La no tan feliz ocasión fue en el 11 de septiembre de 2001. Las clases fueron canceladas por los ataques terroristas a las Torres Gemelas. El me encontró sentado en un pasillo, procesando lo que estaba pasando. Debió haber visto mi expresión consternada. Después de presentarse y charlar un poco, me guió hacia un salón de práctica donde tocó una pieza de Chopin (Berceuse). Mientras él tocaba yo tuve un sueño despierta en el que una pequeña niña rubia giraba con los brazos abiertos bajo una lluvia primaveral en un campo de margaritas. Ella estaba vestida de amarillo, con una capa y sombrero, pero descalza. Inicialmente, pensé que esa niña era mi niña interior disfrutando de la música como una lluvia refrescante en un día caluroso. Al fin y al cabo, estudiar música había sido un sueño mío. No obstante, muchos años después conocería a aquella niña.
Durante nuestros estudios, yo decía cosas en broma como si Javier alguna vez quisiera conquistar una chica, tendría que hacer silencio y tocar el piano o que era tan “dulce” como un limón. Fuimos buenos amigos por años mientras salíamos con otras personas. No fue hasta que los dos terminamos relaciones no saludables que creo nos dimos cuenta que quizás podríamos ser buenos el uno para el otro. Sin embargo, tendremos que sobrepasar algunos obstáculos. Los dos teníamos ideas diferentes de lo que queríamos en una pareja. Las experiencias previas nos harán apreciar lo que tenían de frente, pero eso no significa que sea fácil. El cambio de amistad a pareja resulta en una dinámica interesante. No tuvimos esa experiencia de conocer a alguien nuevo que nos cautiva con sus cualidades. De hecho, conocíamos las fortalezas y defectos de cada cual bastante bien. A veces he extrañado esa etapa del enamoramiento, pero creo que entramos al matrimonio con los ojos bien abiertos a la realidad. En vez estoy aprendiendo a atesorar los pequeños momentos de romance, aunque están integrados a duras realidades.
A pesar de nuestras diferencias, recientemente celebramos nuestro doceavo aniversario de boda. Fue en esta misma fecha que nos enteramos de que mi esposo había salido positivo a Covid-19. El recibió la llamada con el resultado mientras regresaba de buscar la cena especial que habíamos ordenado. Me lo dijo cuando llegó a casa, mascarilla puesta y regalándome un bello girasol que había conseguido de camino al restaurante. Una mezcla de asombro y pánico con la sensación urgente de establecer un protocolo corrido por mi sangre como un torrente frío y tóxico.
Dejando mi cena para después de que me dispusiera a comunicarle a nuestra hija que tendríamos que usar mascarillas en la casa y mantenernos lejos de papá. Los próximos 10 días fueron muy estresantes, para decir lo mínimo. El mantener a mi hija lejos de su padre ya su padre lejos de ella, se convirtió en un trabajo a tiempo completo, a la vez que la desinfección constante. Más importante aún, Javier solo tuvo síntomas leves de catarro antes de evaluarse. Lo malo fue que se sentía muy “normal” para aislarse completamente. Por ejemplo, él quería ayudarme con las cosas de la casa y yo tuve que hacer de la esposa/madre cantaletera que le recordaba mantener distancia. Dividimos el hogar en dos partes para que no coincidamos en el mismo espacio. No en pese a mi temor de que las cosas se complicaran más aun, ni mi hija ni yo dimos positivo al virus.
Durante los días que tuvimos que “cuarentenarnos” mi esposo y yo tuvimos que confrontar graves diferencias en nuestra forma de manejar enfermedades contagiosas. Yo fui criada con la costumbre de ser muy cuidadosa alrededor de personas con catarro o virus, aunque fueran familiares. En el caso de Javier, él no estaba acostumbrado a estar muy atento a los detalles para evitar contaminarse él mismo oa otros. Fue extremadamente difícil entender que él no veía las cosas de la misma manera y que no tenía intención de ser desconsiderado. El hecho de que soy ciega contribuyó a mi tormenta emocional, pues no sabía si mi esposo había tocado algo que no debía alrededor de la casa. Me preguntaba si él no se daba cuenta que no sabíamos cómo el virus podía afectar a nuestra hija con su desorden de sangrado. Más aún, el pensamiento de que él yo no podíamos estar ahí presentes y hábiles para cuidarla era aterradora.
Para no guardar resentimiento indebido, tuve que hacer un ejercicio de memoria y recordar momentos donde hemos manejado crisis de salud relacionados a la condición de nuestra hija. Cuando nos enteramos de la Parahemofilia de nuestra hija fue a través de un golpe a la boca por el que siguió sangrando una noche cuando era bebé. Este primer incidente requirió transfusiones de sangre y una estancia de seis días en el hospital. No podíamos hacer otra cosa más que sujetarla y llorar juntos mientras le sacaban sangre para hacerle más exámenes cuando su hemoglobina ya iba por 6. Quizás les había contado antes, pero lo que no les había dicho es que tras haber pasado el momento más crítico, con nuestra hija presentando un soplo en el corazón, al verla mejorarse bailamos un vals en el cuarto de cuidado intensivo pediátrico. Tíldenos de locos, pero son momentos como estos que nos hacen ver el tesoro que tenemos entre manos cuando hay amor, compartiendo el llanto así como la alegría.
En muchas otras visitas al hospital, mi esposo y yo hemos tenido que trabajar juntos para mantener el buen ánimo y nos hemos convertido en un equipo más fuerte por ello. Uno de los dichos de mi familia es que nos deberían dar puntos de fidelidad al hospital por las visitas frecuentes. Poniendo a un lado la broma, el cuidado de las necesidades de salud especiales de nuestra hija nos han unido más. Este vínculo no ha solo sucedido entre mi esposo y yo, sino también entre mi hija y yo.
Hasta muy recientemente les hubiera dicho que la niña en el sueño era mi hija. Ella tiene el cabello rubio cálido, le gusta la naturaleza y andar descalza, como su madre. Al ser madre comenzó a ver tanto de mí misma en mi hija que ahora pienso que la niña en el sueño era la unión de nosotras dos. La representación de la simbiosis que ocurre en el vientre de la madre. He tenido que encontrarme con mi niña interior para tratar de entender por lo que pasa mi hija y crear empatía para hacer que su travesía sea un poco mejor que la madre. Mi hija y yo hemos tenido que enfrentar circunstancias especiales. Afrontamos las lluvias primaverales con optimismo, cuidándonos de usar una capa, a la vez disfrutando de las margaritas, la sensación de la lluvia sobre nuestro rostro y manos y el césped bajo nuestros pies. Si nos caemos, nos sacudimos, solo es grama, quizás fango. Si hay sangre, trabajaremos con eso también. Es nuestra naturaleza, pues somos valientes y fuertes. Además, sabemos que adentro hay una familia amorosa que nos cuida y que el sol brillará aún más brillante en el verano. Aguardemos las próximas estaciones con esperanza y empatía.
 
Sylvia vive en Puerto Rico con su esposo, Javier, y su hija, Fabiola.
* Nota: “Infusing Love: A Mom's View”, es una colección de opiniones personales y una representación de las experiencias individuales del blog. Si bien se realizan grandes esfuerzos para garantizar la precisión del contenido, lo que se escribe en el blog no representa a HFA ni a su Junta Directiva. El blog tampoco debe interpretarse como un consejo médico o la opinión / posición oficial de HFA, su personal o su Junta Directiva. Se recomienda encarecidamente a los lectores que discutan su propio tratamiento médico con sus proveedores de atención médica.


Vislumbres inesperados de romance
Mi esposo y yo nunca pensamos que terminaríamos juntos como socios para toda la vida. Ambos estábamos estudiando una segunda carrera universitaria en el Conservatorio Superior de Música y ahí nos conocimos. Pero en casi todo lo demás parecíamos polos opuestos. Yo era algo delicada a pesar de mi estatura por encima del promedio, siendo que era bailarina de ballet y estudiante de canto. Javier era bastante torpe y rudo para ser un pianista clásico. Nuestras ideas políticas estaban lejos de ser similares como lo eran nuestros gustos gastronómicos; A mí me gustaba lo dulce, él prefería lo salado. No le importaba su aspecto ni estaba muy atento a los detalles. Sin embargo, había un lado más suave en él que no mucha gente veía. Me di cuenta por la forma en que tocaba el piano, especialmente el día que nos conocimos.
La ocasión no precisamente feliz fue el 11 de septiembre de 2001. Las clases fueron canceladas debido a los ataques terroristas a las Torres Gemelas. Me encontró sentada en un pasillo, procesando lo que estaba pasando. Creo que debe haber visto mi expresión angustiada. Después de presentarse y charlar un rato, me guió a una sala de ensayo donde tocó una pieza de Chopin (Berceuse) que calmó mis nervios.
Mientras jugaba, soñé despierta en la que una pequeña niña rubia daba vueltas, con los brazos abiertos, en un jardín de margaritas bajo una lluvia primaveral. Llevaba un impermeable amarillo y un sombrero, pero estaba descalza. Inicialmente, pensé que esa niña era mi niña interior disfrutando de la música como lluvia fresca en un día caluroso. Después de todo, estudiar música había sido un sueño para mí. Sin embargo, muchos años después llegaría a conocer a esa chica.
Durante nuestros estudios, yo decía en broma cosas como que si Javier alguna vez quisiera atrapar a una chica, tendría que quedarse en silencio y solo tocar el piano o que era tan “dulce” como un limón. Fuimos buenos amigos durante años mientras cada uno salía con otras personas. Después de que ambos terminamos relaciones poco saludables, creo que nos dimos cuenta de que potencialmente podríamos ser buenos el uno para el otro. Sin embargo, tendríamos que superar ciertos obstáculos. Teníamos ideas diferentes sobre lo que buscábamos en una pareja. Las experiencias anteriores nos ayudaron a valorar lo que teníamos delante, pero eso no significa que fuera fácil para nosotros. Pasar de amigo a compañero es una dinámica interesante. No teníamos esa sensación de conocer a alguien nuevo y dejarnos cautivar por sus cualidades. De hecho, conocíamos muy bien los puntos fuertes y débiles de cada uno. A veces me he perdido toda esa fase de enamoramiento, pero creo que llegamos al matrimonio con los ojos bien abiertos a la realidad. En cambio, estoy aprendiendo a aferrarme a pequeños momentos románticos, aunque estén arraigados en duras realidades.
A pesar de nuestras diferencias, recientemente celebramos nuestro duodécimo aniversario de bodas. Fue en esa fecha precisa que supimos que Javier había dado positivo a COVID-19. Había recibido la llamada con el resultado mientras regresaba de recoger nuestra cena especialmente encargada. Luego me lo dijo mientras entraba con la mascarilla puesta, mientras me regalaba un hermoso girasol que había conseguido de camino al restaurante. Una mezcla de shock y pánico, junto con la sensación de urgencia por establecer protocolos, fluyó por mi sangre en forma de un fluido frío y tóxico.
Dejé la cena para más tarde y me puse manos a la obra diciéndole a nuestra hija que tendríamos que usar máscaras en la casa y mantenernos alejados de papá. Los siguientes 10 días fueron, cuanto menos, estresantes. Mantener a mi hija alejada de su papá y a su papá lejos de ella se convirtió en un trabajo de tiempo completo, además de desinfectar y sanitizar. Lo más importante es que mi esposo solo mostró síntomas muy leves de resfriado antes de hacerse la prueba. La desventaja de esto era que se sentía demasiado “normal” para aislarse por completo. Por ejemplo, muchas veces quería ayudarme en la casa. Tenía que ser la esposa/madre regañona que le recordaba que se quedara en su habitación. Dividí la casa de manera que no coincidiéramos en los mismos espacios. A pesar de mi tremendo temor de que las cosas se complicaran aún más, ni mi hija ni yo dimos positivo.
Durante los días que tuvimos que esperar a que pasara la situación, mi marido y yo tuvimos que afrontar graves diferencias en nuestra forma de abordar las enfermedades contagiosas. Me criaron con la costumbre de tener mucho cuidado con personas resfriadas o con virus, incluso si eran miembros de la familia. En el caso de Javier, no estaba acostumbrado a ser muy atento a los detalles a la hora de evitar contaminarse a sí mismo o a los demás. Me costó muchísimo entender que él no veía las cosas de la misma manera y que no pretendía ser desconsiderado. El hecho de que no puedo ver contribuyó a mi confusión emocional porque no podía decir si mi esposo había tocado algo que no debía en la casa. Me pregunté si no se daba cuenta de que no teníamos idea de cómo este virus podría afectar a nuestra hija en relación con su trastorno hemorrágico. Además, la idea de que alguno de nosotros no estuviera presente o no pudiera cuidarla era aterradora.
Para no albergar resentimientos indebidos, he tenido que recurrir a un ejercicio de memoria donde he recordado cómo hemos afrontado distintas crisis de salud relacionadas con su enfermedad. Cuando nos enteramos por primera vez de la parahemofilia de nuestra hija fue a través de un accidente en la boca que la mantuvo sangrando toda la noche cuando era una niña pequeña. Ese fue sólo el comienzo de nuestra búsqueda de respuestas. Este primer incidente requirió transfusiones de sangre y una estancia hospitalaria de seis días. No pudimos hacer nada más que llorar juntos mientras la sosteníamos para que le sacaran aún más sangre cuando su hemoglobina ya estaba en 6. Puede que te haya dicho esto antes, pero lo que no te he dicho es que después estando en nuestro punto más bajo con nuestra hija presentando un soplo cardíaco, cuando finalmente comenzó a mejorar, mi esposo y yo bailamos un vals en la sala de la Unidad de Cuidados Intensivos Pediátricos. Llámanos locos, pero es en momentos como estos cuando nos damos cuenta del tesoro que guardamos cuando hay amor, compartiendo lágrimas y felicidad.
Durante muchas otras hospitalizaciones, mi esposo y yo hemos tenido que trabajar juntos para mantener el ánimo en alto y gracias a ello nos hemos convertido en un equipo más fuerte. Entre los dichos de nuestra familia está que debemos obtener puntos de fidelidad por nuestras frecuentes visitas al hospital. En serio, atender las necesidades especiales de salud de nuestra hija nos ha acercado más. Este vínculo no sólo se ha producido entre mi marido y yo, sino también entre mi hija y yo.
Hasta hace poco te habría dicho que la chica de mi sueño era mi hija. Tiene el cabello rubio cálido y dorado, ama la naturaleza y además está descalza, como su mamá. Como padre empiezas a ver tanto de ti mismo en tu hijo que ahora pienso que la niña de mi sueño era la unión de ella y un yo. La representación de la simbiosis que ocurre en el útero de la madre. Tuve que encontrarme conmigo misma cuando era niña para tratar de comprender lo que ella pasa y empatizar, para hacer que su camino sea un poco mejor que el mío. Mi hija y yo tenemos que lidiar con circunstancias especiales. Afrontamos las lluvias primaverales con optimismo, cuidando de llevar un impermeable, mientras al mismo tiempo disfrutamos de las flores, de la sensación de la lluvia en la cara y las manos, y de la hierba bajo nuestros pies. Si nos caemos, simplemente lo limpiaremos. Después de todo, es sólo hierba, tal vez barro. Si hay sangre, nos ocuparemos de eso también. Está en nuestra naturaleza, porque somos valientes y fuertes. Además, sabemos que dentro hay una familia cariñosa que nos cuidará y fuera seguro que el sol volverá a brillar, aún más en verano. Esperemos nuevas temporadas con esperanza y empatía.
 
Sylvia vive en Puerto Rico con su esposo Javier y su hija Fabiola.
*Nota: "Infusing Love: A Mom's View" es una colección de blogs de opiniones personales y una representación de las experiencias individuales. Si bien se realizan grandes esfuerzos para garantizar la precisión del contenido, las entradas del blog no representan a HFA ni a su Junta Directiva. El blog tampoco pretende ser interpretado como consejo médico o la opinión/posición oficial de HFA, su personal o su Junta Directiva. Se recomienda encarecidamente a los lectores que analicen su propio tratamiento médico con sus proveedores de atención médica.
 
 
 
 
 

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